MÓNICA UNDIANO
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EL OJO Y LA MAGA, novela
1

En Valle Pardo no existía el verde. Era un pueblo perdido cerca de las líneas fronterizas del país, en donde la altura no permitía que las plantas crecieran, ni que la gente se apurara, ni que el río corriera de norte a sur como todos los ríos de la provincia. A nadie le importaba; el río era lo único vivo lo único sincero aún cuando en verano imperaran sólo sus crecidas que bajaban burbujeantes y chocolate. El resto del año, se deslizaba mansamente enlazando los cerros resecos con su cadena de plata, para unirse, kilómetros más abajo, a un afluente que le corregía el curso enviándolo, después de múltiples vueltas y desvíos, derecho al Océano Atlántico. Pero eso era tan irreal como pensar en las gaviotas, el pájaro preferido de Margarita Corregidor. No sabía por qué le gustaban, nunca las había visto, como no viera nunca el mar, pero le encantaba hojear las revistas que a veces llegaban con algunas escenas de gente en la playa, de aguas efervescentes y aves revoloteando.
No le sorprendía que toda su existencia hubiera estado encerrada en el pueblo pueblo de mierda y que no conociera nada, ni se asustaba de la furia de las tempestades que suponía se aflojaban sobre esos lugares que ella añoraba misteriosamente, aunque sí la alarmaba el azul imaginario, tan azul que parecía que el cielo se hubiera dado vuelta para convertirse en chato y espumoso.
Maga, como le decían en el pueblo, no se cansaba de escuchar el roce de las olas en el silencio de las cumbres. Sentada en su lugar preferido de la galería, solía admirar, por horas, un libro con ilustraciones de puertos y de barcos, mientras se divertía encontrando formas en las nubes que lamían la panza marrón de la ladera al frente del patio de su casa. Ella soñaba casi sin parar porque prefería no recordar.
Al igual que el pueblo entero, había vivido a la sombra vigilante del ojo. La marca de su adolescencia, de su respirar. Casi siempre había estado allí, detrás de los cuadraditos del visillo tejido al crochet en la ventana de los Maidana. Todos sabían de quién era. Durante años los había mirado, construyéndose, a sabiendas, una eternidad vidriosa, mordiente.
Maga había llegado a pensar que Valle Pardo era un lugar perdido del aliento de Dios, en donde ese ojo oscuro Dolores había martirizado las conciencias de las personas, dejando una huella pertinaz que socavaba pestilencias en el comportamiento de sus habitantes. Un lugar donde la vida marchaba en cámara lenta, donde los cambios de cualquier índole eran mal vistos, y donde, como si fuera poco, todos se conocían. En sitios así, tener una conciencia, era como tener una infección.

ah... maldita la hora y maldito mi padre... Mirame vos pensando malos pensamientos, bah, a quién le importa, nadie me escucha, y aunque me escucharan... en realidad, lo que me gustaría decirles, gritarles, es que, en cada uno de los pueblos de Dios debería existir una sola ley, ¡una ley que prohiba a los metidos!...

Ya habían pasado muchos años y ella en algún suspiro se había creído distante de todo aquello, olvidaba que el ojo siempre había estado presente, presente hasta en los poros del viento. No, no le agradaba recordar, mejor eran las fotos del mar, la parra, los postres para sus sobrinas.
Algo la perturbó, sacándola de sus pensamientos.
Sus sobrinas, Claricita y Maura, hijas de su hermana Delia, hablaban entre cuchicheos, silencios prolongados, llanto amortiguado en las almohadas.

... es por Omarito... te digo que no deberías... no sé... pero papá... papá es un desgraciado...

Maga las observó con pena, era consciente de que las niñas se negaban a llevar sobre sus espaldas el peso de la historia familiar, pero también sabía lo difícil que era arrinconar el pasado. Consideraba que ya que las jóvenes tenían a su favor épocas más modernas, merecían algo diferente.
Mientras las chicas caminaban de un lado al otro, tratando de mitigar la amargura, Maga se mecía en su sillón hamaca ubicado en la galería a la que daban las habitaciones, desde donde podía tener un panorama más o menos completo de todo lo que pasaba en la casa. Allí, a la sombra de la parra que en verano cubría una parte del patio y que en invierno recortaba el cielo con sus palitos pelados, había vivido las mejores horas de su vida. Pero en ese momento, a medida que las quejas disminuían entregándose a la consabida resignación de lágrimas y silencios, una rabia de generaciones le fue subiendo desde las plantas de los pies hasta instalarse en su lengua inservible. Quiso poner palabras a su hastío, pero lo único que consiguió fue que un ardor colorado le recorriera el cuero cabelludo haciéndola sentirse como un gato erizado.

esto no debe seguir así, es como si el tiempo no hubiera pasado, se creen que todavía pueden hacernos lo que se les antoje... No. Seré muda pero tendrán que escucharme?

No le sería fácil, al quedar muda todos creyeron que también se había vuelto estúpida estúpida tarada ciega lastre se hace la muda por qué no se cura ella misma por eso nadie le prestaba atención y hablaban delante de ella como si fuera invisible. Maga sólo reaccionaba cuando se trataba de las sobrinas; vivían en la misma casa y les había dedicado su existencia. Para ellas tejía bufandas, tricotas, con ellas reía de vez en cuando. Habían desarrollado un sistema de señales con el cual se enteraba si querían comer arroz con leche, anchi, o quizás jugar. Además, compartían un secreto que las unía como un bastión inexpugnable: sólo las niñas sabían que, algunas noches, Maga recuperaba el habla, deambulaba por el patio tarareando alguna canción o se sentaba en el sillón de mimbre al lado de sus camas y conversaban hasta el amanecer.
Por todo ese amor tan abiertamente compartido, cuando Maga vio que Claricita lloraba, se acercó para acunarla hasta que la agitación se disolvió en los brazos y el calor conocidos.
Maga juntó sus dedos en capullo y moviendo la mano de arriba abajo quiso saber qué les pasaba.

- Es papá, no me deja salir con el Omarito ? lloró Claricita.
- Sí, pero yo digo que tampoco puede hacerle la contra ? intervino Maura.
- ¡Claro que puedo! ¡Él qué sabe!

Clemencio, el padre, vivía de sus ataques de tozudez. Ahora, se oponía al noviazgo de la joven con Omarito, un muchacho extraño, algo más grande que ella, que recorría el pueblo entonando melodías tristes con su quena. Hasta entonces todos sabían que eran amigos, que se encontraban de vez en cuando. Pero, por lo que contaba la adolescente, se había despertado un amor irremediable entre ellos y estaban dispuestos a que nada ni nadie los separara.

- Vos no sabés, tía... Lo amo con toda el alma y no me importa lo que digan. Él es lo más bueno que pisa la tierra... no sabés.

Maga enfureció. La rabia antigua, contenida, que la habitaba, no le cabía más, empezó a hurgar el aire con las manos. Las chicas no entendían qué le pasaba a su tía normalmente tan tranquila, y se olvidaron por un momento de la desgracia que las envolvía.

cuántas voces necesito, cuántas vidas, ¡mierda! para terminar con este atropello..

Maga descubrió que necesitaba revivir el pasado, que supieran. Hasta entonces la nada en la que subsistía había sido suficiente, pero ya no, quería sentirse útil lengua de corcho lengua de trapo hacer que su vida sirviera para algo, y las vivencias apresadas en los cajones de su mente escaparon de repente.
Se recostó, observó distraídamente cómo una hormiga avanzaba por la pared, se dijo que tendrían que buscar el hormiguero, acomodó la cabeza y pensó en el ojo.
Se vio yéndose adentro de sí misma, no saliendo por años, convirtiéndose en otro ojo. Como aquel del que nadie se había salvado en el pueblo, que detrás del visillo había acusado, odiado, hambreado de venganza.

ojos de cóndor, de cerro, de cardones, los de Dolores, vieron todo lo que vieron y luego se escondieron, se cerraron, se mataron...

Recordó que tarde o temprano todos en el pueblo necesitaban, aún hasta el día de hoy, pasar por esa ventana, la de los Maidana. Al principio, ni siquiera por esa cuadra se aventuraban, pero la casa, baja, oscura, a pesar de sus paredes blancas, quedaba al frente de la plaza y nada puede ser más estratégico en un pueblo. El mundo se había visto obligado a proseguir su curso, refugiándose en una supuesta corta memoria, atiborrando secretos debajo de las suelas de los zapatos. Pero el ojo recordaba y había tratado, todo el tiempo, de vengarse a través del visillo. La vida se había esfumado para su dueña, Dolores Maidana, pero, los vecinos sentían que les había chupado hasta las sombras, escupiéndolas luego dentro de ese pasado del que nunca había querido emerger.

cuánta historia, cuánta maldad, ¿dónde dónde esconderse?...

Maga bebió de un vaso que le ofrecía Claricita, y se aferró de las colchas cerrando los ojos con fuerza para permitir que la mirada de su memoria llegara lejos, más lejos que antes y comprendiera que no sólo había llorado todos los minutos de su existencia desde los doce años, sino que los recuerdos le habían hecho hilachas el alma, se la habían confinado a los rincones de su cerebro, y de esa casa. Sí, seguiría llorando hasta su muerte, siempre lo había sabido, pero ahora sentía que algo había estallado, que una vez más su vida cambiaría, sin remedio.



MÓNICA UNDIANO, nace en San Salvador de Jujuy, en la provincia de Jujuy, Argentina, donde reside en la actualidad. Disfruta de la lectura y la escritura desde muy pequeña y cuenta con la siguiente obra publicada:

1996, Redes -(CUENTOS)
1999, Huellas -(CUENTOS)
1999, Ave sin alas -(POESIA)
2001, El ojo y la maga - (NOVELA)
2002, Las patas del silencio - (POESÍA)
Fugas - Inédito. (CUENTOS)
También colabora con diarios y revistas del medio.

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